sábado, 31 de marzo de 2018

SONETO PARA MI PUEBLO




A Quilloallpa
crece como un árbol frondoso mi pueblo
a la orilla de un vasto río imaginario
crecen en un tiempo hosco y solitario
los sueños de un porvenir con duelo.

mi bosque es un paraíso oculto e imperecedero
en las tardes de color rojo cuando el sol se esconde
pesco doradas, sábalos y nado con los muertos
ignoro los tratos que el diablo me propone.

crecen también en estricto orden los sembríos
sobre las colinas deformadas por el tiempo
la inefable saliva que nace de los ríos.

termino de gritar y el silencio se transmuta
un eco gutural que se estrella contra los cerros
me llama el horizonte por una desconocida ruta.


Montañas de Quilloallpa, 08 de octubre del 2014

martes, 14 de noviembre de 2017

SACRIFICIO FINAL


(Cuento ganador II Juegos Florales Sitramip - San Martín)

En el mismo día de su cumpleaños número cincuenta y dos, Justo Vidal salió en libertad condicional de la penitenciaría de San Cristóbal después de 6 largos años de purgar condena por asalto y robo agravado, episodio fatal donde un tercero falleció a causa una bala perdida.
Su esposa y sus hijos lo esperaban en el portón mismo del viejo penal para acompañarlo de regreso a casa. Frente al portón metálico, por unos instantes Justo dirigió su mirada fija hacia su mujer, Laura, para luego desviarla y perderla en el suelo. Se sentía feliz de tener a su familia junta otra vez, pero tenía dificultades en expresar sus emociones, cierta vergüenza lo acongojaba hasta el punto de hacerlo permanecer callado la mayor parte de tiempo. Solamente palabras cortas: “Hola”, “cómo estás”, “vamos a casa”. Fueron sin embargo las niñas quiénes porfiaron en el abrazo efusivo y el beso reconciliador. El menor de cinco años, que llevaba un gorrito que le cubría la cabeza y para quien el rostro mal rasurado de su padre, no le inspiraba nada de confianza, se quedó inmóvil y en silencio, Y fue entonces que Laura rompió el hielo, poniéndose al lado de Justo y tomándolo del brazo se dirigió a sus tres hijos, les pidió a todos que se acercaran a su padre y que juntos se dieran un gran abrazo. Así ocurrió y desde ese momento la tensión y ansiedad disminuyeron. Justo cogió su maletín, y con su familia que lo seguía detrás, avanzó hacia la avenida para buscar un mototaxi.
(Se fue de casa en la madrugada, castigando injustamente a su pobre mujer, que esperaba al varoncito. Le asestó un violento puñetazo en el rostro que casi le hunde un ojo. Quedó maltrecho, como llorando para siempre. No le importó un carajo dejar abandonados a sus pequeños hijos, a su mujer nerviosa y en cinta. Nunca pagó una póliza de seguros, nunca adquirió un pingue lote de tierra para dejar herencia. Le quitó a su mujer sollozante la plata de la venta de una finca abandonada de tierra fértil, que Justo, holgazán, apostador de poca monta, chupacaña y mujeriego, nunca supo cómo cultivar. Ni siquiera un sol pagó de las deudas que contrajo, jugando dados y apostando a los gallos finos. Les dejó solamente el indigno quehacer de pedir fiado en la bodega de Pedro, el vecino del frente, y que un triste día no les quiso dar ni una lechuga más, pues hace mucho que no pagaban. Laura, en muchas ocasiones, tuvo que sobrevivir de la caridad de familiares y vecinos igual de humildes o más desgraciados que ella)
Llegaron a casa poco antes del mediodía, justo cuando algunos vecinos del sector Cococho permanecían en las puertas y ventanas de sus casas, a fin de observarlos con curiosidad y murmurar entre ellos. Atendiendo a la normalidad cotidiana de ese hecho y con ganas de zanjar el asunto, Justo salió un momento de la casa y se quedó de pie mirando intimidantemente a todos los fisgones a través de la calle, hasta que estos, uno tras otro, fueron desapareciendo tras sus puertas y cortinas. Al volver a entrar en su casa, encontró a Laura sentada en el viejo sillón de la sala sosteniendo un folder con lo que parecían ser documentos. Justo caminó hacia ella, y se sentó a su lado.
- Necesito mostrarte algo muy importante. Ahora que ya estás libre, tienes que hacer algo. - Le dijo Laura con voz de calmada angustia, mientras abría el folder y le mostraba algunas citas médicas, recortes de revistas de salud, constancias de atención del SIS, resultados de análisis clínicos, recetas médicas y un sinnúmero de boletas de venta por compras de medicinas.
-¿Estás en enferma Laura?, dime.- interrogó Justo con expresión nerviosa.
-No, a mí no me importaría estar enferma, honestamente- a respondió Laura. – El que está enfermo es Justito – y al decir eso comenzó a llorar.
-Pero qué tiene Justito, ¿es grave? dime! –
-En el Minsa me han dicho ya hace un año que Justito… que Justito tiene esa enfermedad grave de la sangre, como un cáncer, Leucemia dice el doctor. Hay cosas que podemos hacer, tratamientos que he estado averiguando, pero todo es caro y no tenemos plata – Explicó Laura con dificultad a causa de su llanto.
Justo se quedó allí sentado descorazonado mirando esos papeles. Incluso allí no se atrevió a llorar, pero vaya que su tristeza era grande, tan grande que le dolía el corazón.
-¡Por qué no me lo dijiste antes!-
- No quería preocuparte. Además, es difícil encargarte de cosas cuando estas preso-.
Justo no dijo nada, sentía que no podía decir nada y se quedó en silencio por unos minutos. Guardó los papeles en el folder y se lo devolvió a Laura. – Voy a salir un rato, no voy a demorar – Dijo poniéndose de pie y acercándose a la puerta.
-A dónde vas a ir, Justo – le preguntó ella con tono aprehensivo.
-A ninguna parte en especial. – respondió Justo, abrió la puerta y salió a la calle.
La experiencia del encierro operó algunos cambios en Justo. Desde un inicio mostró predisposición para rehabilitarse, así que a la par de su buen comportamiento, asistió a cuanto taller o charla educativas o de capacitación se organizaba en el penal. Observando y con cierta práctica aprendió algunos oficios, zapatería, carpintería, macramé, y por primera vez en su vida pudo terminar de leer un libro. Su esposa solamente lo visitaba en fechas como la Navidad, el día del padre o en su cumpleaños, después de eso, Justo estaba solo mientras otros presos recibían visitas semana tras semana. Él sabía que la última y cobarde agresión hacia su esposa fue un agravante para que, sumado al delito principal de robo agravado, le dieran varios años de condena, pese a no tener antecedentes ni denuncias. Pero ahora había recuperado su libertad y tenía que hacer las cosas bien, más aún ahora que el último de sus hijos está muy enfermo.
Cruzó el perímetro de la plazuela de su barrio y entró en la vieja cantina de la esquina. Se acercó al dependiente y lo saludó. – Una gaseosa helada, por favor - Solicitó Justo, al tiempo que extendía unas monedas sobre el mostrador. – En seguida, señor – Contestó el dependiente.
Permanecía pensativo bebiendo su gaseosa, cuando en eso entró en el bar un hombre canoso conocido en el barrio como Perico Vargas, un personaje con la reputación se ser peligroso pues tenía antecedentes por varios crímenes. Justo lo conocía muy bien y tenía malos recuerdos de él. No lo veía desde la noche que lo capturaron, horas después de haber participado en el atraco a un grifo; del que, por supuesto, Perico y otros más salieron libres y al único que pescaron fue precisamente al tonto de Justo.
- ¡Mi estimado Justo!, así que ya estás de vuelta; mucho gusto me da verte-. Se acercó hacia Justo y le estrecho la mano amagando un tibio abrazo.
-Así es Perico, estoy de vuelta en casa y estoy buscando trabajo-.
-Bien, tengo un negocio que te puede interesar, vamos más al fondo para poder conversar, además te debo una, jamás nos delataste – habló perico bajando la voz.
-No es necesario, no quiero hacer nada malo. Si quieres ayudarme, necesito un trabajo formal, mi familia está en problemas.
-Te entiendo hermano, la familia es lo más importante, pero por aquí no hay mucho trabajo formal que digamos, así que, tú decides.
-No pasa nada Perico, gracias, pero no, mañana mismo iré a buscar trabajo en alguna otra parte.
-Como quieras Justo, pero si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme. Nomás le dices al del bar que me timbre al celular.
Perico Vargas abandonó la cantina y Justo quedó pensativo, y lo único que le importaba en ese momento era su familia, su esposa afligida y angustiada y sus pobres niños. Sufría mucho pensando que podría perderlos otra vez.
Con un dinero conseguido con la venta de sus trabajos manuales, Justo compró un par de cuartos de pollo a la brasa y cerca de las nueve de la noche regresó a su casa. Sin llave tuvo que tocar la puerta. Justito que estaba aún despierto le abrió. Justo lo observó sonriendo, con esa gorrita que le cubría su cabecita. Le acarició el rostro y le dijo:
-Avísale a tu mamá y a tus hermanitas, hoy vamos a comer pollito con papas-.
Después de la cena, los niños se fueron a la cama y en minutos se quedaron dormidos. A Laura, muy cansada, se le cerraron los ojos sentada en el viejo sillón.
Justo se dirigió en silencio a la pequeña habitación en que dormían los niños, división hecha con triplay y cartones. Observó las paredes deterioradas, varias rendijas en el techo por las que se colaba el frío, notó que no había ventilación adecuada, la cama en la que dormían las niñas era muy pequeña. En un año las niñas estarían más grandes y la cama les quedaría incómoda. Cómo iban a estudiar así, se preguntaba Justo, maldiciendo. Pero no pudo contener por fin unas cuantas lágrimas al acercarse a donde dormía Justito, con un leve silbido en su respiración y su cabecita sin cabello, ese niño a quien poco conocía, pero finalmente alguien a quien necesitaba demasiado.
-Mañana debo llevarlo al hospital para un chequeo, pronto debemos llevarlo a Lima para que le hagan de nuevo la quimioterapia. Esta noche me desvelaré cosiendo unos uniformes para que mañana me paguen. Será mejor que descanses para que mañana salgas a buscar trabajo- Fueron las palabras susurrantes y definitivas de Laura que despertándose se acercó a la pieza.
Justo no dijo nada y recostando medio cuerpo sobre una pequeña área libre de la cama de Justito, se quedó allí, junto con él; pues estar con ellos era todo lo que Justo quería.
(…Salgo a buscar trabajo por las calles del centro, pregunto en el mercado de abastos, en los almacenes de café, en los restaurantes… todos me dicen que por ahora no contratan a nadie, que están llenos. Ingreso a la ferretería de mi viejo amigo Miguel Alva, pero él me dice que por ahora no necesita ayudantes. Deambulo por los parques y le pregunto al vendedor callejero de periódicos si acaso podría yo vender periódicos también, me mira mal, con desconfianza, cree que le quitaré clientes. No pasa mucho en que me doy cuenta que mi edad es un problema… mira que ya tengo 52 años. Me voy hacia la municipalidad y antes de llegar observo a algunos jóvenes tatuados y extravagantes, hacer malabares en las esquinas para ganarse unas monedas… estoy viejo ya para eso, me digo. En la municipalidad pregunto si hay manera de buscar trabajo, o de que me ayuden a buscarlo, el vigilante me instruye a duras penas… regresa otro rato maestro, los funcionarios están muy ocupados, es época de campaña política, tú sabes, pero yo te aconsejo que busques en otro lado. Masticando mi frustración continúo dando vueltas por la ciudad. Alguna esperanza tengo. Camino como un zombie por las calles llenas de tiendas pequeñas y negocios inmensos, esperando leer algún anuncio o solicitud de empleado…. Camino y camino, pregunto y pregunto, hasta que por fin en una gran tienda de abarrotes donde necesitaban un acomodador, una señora bondadosa me permite ingresar para ganarme honradamente algunos soles y poder ayudar a mi familia. De pronto, un sujeto también avejentado como yo, se me acercó y sin que lo pudiera evitar, levantó con fuerza la manga de mi camisa y pudo observar un tatuaje que llevaba oculto, un tatuaje que solo se hacen los que han purgado prisión. No pasó mucho tiempo y la misma señora que me había dado el empleo, me solicitó que me fuera sin dar explicación. Solo me dio 20 soles. Fregado por esa injusticia, de nuevo me lancé a la calle, pensaba en mi mujer, imaginaba la necesidad de mis hijos. Luego se hizo tarde, el día se apagó, sentía mucha hambre, un dolor me comenzó en el bajo vientre y fue cuando volví a sentir una luz helada directo en mi rostro, que se colaba por alguna rendija en el techo….)
Se quedó dormido allí mismo, casi sentado, y despertó con el ruido de las niñas que se preparaban para ir a la escuela. Justito todavía dormía profundo por la pesadez de los medicamentos. Ese sueño extraño que tuvo lo hizo sudar y lo había dejado intranquilo, pensativo, las cosas no podían ser tan malas, pero, ¿y si lo fueran?, ¿y si todo te complicaba?. Luego de un desayuno, las niñas partieron y Laura llevó a Justito hacia el hospital del Minsa para coordinar su próximo viaje a Lima, esta vez iba a tener que quedarse por un tiempo prolongado, pues es recomendable el reposo después de una agresiva quimioterapia.
Justo estaba decidido a hacer algo definitivo a solucionar el problema, ese sueño lo había afectado demasiado. Caminó unas cuadras, cruzó algunas calles y se dirigió a la cantina, donde había estado un día antes conversando con el tal Perico. Al ingresar al lugar se acercó al dependiente y le solicitó casi rogándole, que llamara al celular de Perico Vargas.
-Aló, Perico…esté, te llamo para decirte que acepto tu ayuda, pero tiene que resultar, es la última chance que tengo para ayudar a mi familia-.
-Excelente Justo, ya sabes donde tienes que ir. Anda de noche y no dejes que nadie te siga-. Y cortó la llamada.
Una semana después, en una mañana lluviosa en plena carretera de salida hacia Bellavista, aprovechando la lenta dinámica de una estación de peaje donde todos los vehículos bajan su velocidad, seis sujetos fuertemente armados y cubiertos con pasamontañas atacaron un camión de caudales de la empresa Pesegur. Para suerte de los hampones, luego de algunos minutos de tensión y balas, los agentes de seguridad de camión de caudales arrojaron sus armas y se rindieron completamente. Fue así que los asaltantes cogieron varias valijas con dinero donde se contaba por millones. Atando fuertemente a los agentes, provistos de motocicletas los encapuchados se dieron a la fuga a toda velocidad por los senderos en dirección del rio Mayo.
Ese día, Justo llegó a su casa en horas de la tarde. Nervioso como estaba se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso con agua. Miró por la ventana hacia la calle y esta vez la percibía extrañamente calmada y desierta. En eso escuchó que se abría la puerta. Era Laura que regresaba de limpiar la casa de un doctor. Justo se acercó a ella y le preguntó:
-Mujer, ¿dónde están los niños?
-Las niñas en la casa de mi mamá, en un rato las voy recoger… y Justito, tú sabes, se debe quedar en el hospital para prepararlo para el viaje-. Le contestó Laura, advirtiendo una expresión de nerviosismo extremo en el rostro su marido.
-¿Qué te pasa Justo?,¿estás bien?, ¿por qué estas tan pálido?
Justo se acercó a la ventana, observó la calle a través de ella y fue allí que comenzó a llorar.
-Me dijiste que hiciera algo y todo es tan difícil allá afuera. Me he pasado toda la semana buscando un trabajo honrado, caminando, rogando, humillándome frente a mucha gente… y todo para qué, para ser rechazado incluso por las mismas personas que una vez fueron amigos míos. Ya estoy muy viejo, hay cosas que ya no puedo hacer. No es suficiente solo estar aquí, como un estorbo, solo como compañía moral… bah!.. Perdóname Laurita, nunca te pedí perdón por golpearte, lo siento, por ti y por nuestros hijos, nunca más te volveré a lastimar, nunca.
-¿De qué hablas Justo?, ¡qué has hecho por el amor de Dios! … en la calle la gente está hablando que han asaltado un camión de caudales y se han llevado millones, varios, no se cuántos. No me digas que… ¡No!, no es posible…te dije que hicieras algo como buscar un empleo normal, no algo como esto, ¿Por qué Justo, por qué? -. Le reclamaba Laura a su marido con la voz entrecortada.
-No llores mujer, no llores… cuando llegue la policía, si es que llega, me entregaré pacíficamente, tú no les dirás nada… si me llevan tú y los niños seguirán como hasta ahora… vas a estar mejor, todo cambiará para ustedes de ahora en adelante, pero deberás tener paciencia, mucha paciencia… ya estoy viejo, es lo único que puedo hacer por ustedes.
Laura seguía llorando sin poder creer lo que estaba escuchando.
- Escucha con claridad lo que te voy a decir Laura, esperas unos días y vas donde el dependiente de la cantina de siempre, él tiene algo para ti, ya está arreglado. Y otra cosa aún más importante que no debes olvidar: sector Santa Anita, media hora exacta de camino por el sendero principal hasta una inmensa roca triangular… una vez allí giras sobre tus pasos hacia la izquierda y, aunque no hay sendero visible, hay una hilera de renacos jóvenes que van de subida hasta al cerro. Solo cuando llegues al penúltimo de ellos, justo en su falda, está enterrado un destino para ustedes que será mucho mejor… ya no llores y escúchame… solo cuando todo regrese a la normalidad y nadie pregunte demás… ya dependerá de ti… ya no llores más mujer, ya no llores.
Las camionetas de la policía no tardaron en rodear el barrio y la casa de Justo. No puso resistencia y subió esposado a uno de ellos y se lo llevaron. Mientras eso ocurría, se quedaban agentes anti robos para interrogar a Laura.
Justo tuvo que admitir que frente a sus captores que, mientras gozaba de su semilibertad, por necesidad se vio obligado a colaborar con ese atraco, tan solo consiguiendo algunas motocicletas y pasamontañas, pero que no se benefició de ningún dinero ya que los otros asaltantes huyeron llevándose los millones y a él, quizá por viejo y lento, lo dejaron atrás; igual a como ocurrió la otra vez. Cuando le preguntaron sobre sus cómplices, Justo guardó silencio sepulcral. Por ese delito, o suma de delitos, a Justo le dieron más de 15 años prisión.
La cruel leucemia se llevó a Justito seis meses después de ese hecho. Su desahucio estaba anunciado y ni todo el dinero del mundo le hubiera salvado la vida. Eso Laura lo sabía bien. Por fortuna, el dependiente de la cantina cumplió con ofrecerle a Laura un trabajo de limpieza en el local, por el cual la pagaba un dinero que ya estaba pactado, eso le permitió a Laura cuidar mejor de sus hijas y atender en sus últimos momentos al pequeño e inocente Justito. Unos días después de enterrarlo, verificando Laura que ya nadie preguntaba por el atraco de hace medio año, se dirigió hacia el sector que Justo le había dicho que no olvidara, solo para verificar el lugar. Así llegó hacia el sendero de Santa Anita y caminó hasta la piedra triangular. Vio la hilera de renacos, pero esta vez no fue más allá. Ignorando todavía lo que iba a encontrar, decidió no continuar y lo dejó para otro día.
A los dos años de volver a la cárcel, Justo leía un libro en un momento de descanso de un fin de semana cualquiera. “Ética para Amador” de Fernando Savater, era un texto que le hacía pensar mucho en su condición de padre. Pensaba con nostalgia en sus hijas y sobre todo recordaba a Justito. Cómo poder ahora darle esos consejos tan bonitos e inteligentes, aquellas reflexiones que el autor pone a disposición de su hijo Amador, tal y como él pudo haberlo puesto para su hijito -Quizá en otra vida- pensó Justo, mirando el horizonte gris sobre los aires del penal.
Días después, a través de un abogado del servicio de defensa pública, Justo recibió una nota donde Mirta, su cuñada, le informaba que, Laura y sus hijas, se iban con ella para el extranjero, pero no le decía dónde. Y aunque estar encerrado era para Justo una cosa muy difícil y triste, fue allí que comprendió que había valido la pena todo ese sacrificio. Bajo ese penúltimo renaco, Justo había sepultado un pasado terrible y que quería olvidar, al mismo tiempo, un costal lleno de dinero para asegurar el futuro de su familia.

TODAVÍA LA LLUVIA

"Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola,
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola

y el tañer doloroso de una vieja campana"
"Abraham Valdelomar"

Llueve torrencialmente sobre los árboles de mi huerta,
y se mojan de repente las ropas chacareras/el mediodía azul/
unas vacaciones de la infancia en febrero bisiesto.
Caliente el bendito fogón, mi abuela corre tras pañales y enaguas,
antes que lo arrase todo el fuerte viento.
Caen las hojas del árbol de palta y los pétalos de los geranios muertos,
cae la sombra solitaria de un destino invisible.
Con pedazos de sueños sobrevive un niño /temerosa esperanza/
sentirse querido sin demasiadas canciones de cuna.
De paseo sobre un burrito/por la punta/ camino de Motilones,
un sendero verde desemboca en un ágape de leños y
flores que resisten el ataque de los pájaros.
Con mi sable sin filo cazo el placer de la zarzamora y
derroto a la pegajosa impertinencia del caimito /juego de espadas/
a un par de millas del rio Mayo, mirando al cielo.
Una historia mítica de niños que pierden a su mamita,
me sacude el corazón de solo siete agostos/ sufren las velas/
tibio calor en el regazo de mi abuela, dulce fruta nocturna,
límpido vaho alcanforado, brillo de la luna llena,
me canta canciones y marchas escolares /mi maestra escritora/
antes de dormir sobre sus tristes remiendos.
Y llueve ahora apaciblemente sobre el tejado, aroma a tierra,
caen otras hojas agitando la memoria,
el viento sacude el polvo duro de los recuerdos,
de aquel día en que un niño de la montaña,
trajo un pequeño tercio de leña, un par de pescados,
para compartir con su numerosa familia,
una merienda inolvidable, antes de ir todos a la sala,
encender la vieja y monocromática tele,
y ver todos juntos la insufrible novela.


jueves, 29 de junio de 2017

EL CÍRCULO DE LA BESTIA


(Cuento)
Esa mañana calurosa de cualquier estación, con la ropa húmeda y pegada a mi cuerpo por causa del abundante sudor en aquella Pucallpa de casi 40 grados, llegué tarde al control de pasajeros del aeropuerto Abensur Rengifo para abordar mi vuelo de regreso a Tarapoto. Con la prisa y mis nervios quebrados, había olvidado mi boleto impreso en algún lugar del hotel. Le pedí disculpas a la counter y me expidió un nuevo boleto. Un escalofrío de temor me recorrió el cuerpo solo de pensar que no iba a poder salir de ese lugar por alguna razón. De pronto esa joven, la counter, me escrutó con cierto asombro y me dijo, “Qué pálido está usted, señor, le ofrezco un vaso con agua, si desea”. En otro lugar y en otra circunstancia, y sobre todo frente una joven y guapa señorita que se refería a mi decaído aspecto, me habría sonrojado tan crudamente como después de una insolación. Pero en ese momento, no me quedaba otro tono más que el de la palidez insana, casi como si un aura trasparente se hubiera apoderado de mí hasta el punto de notarse una hondura en mi pecho lleno de una oscuridad inabarcable. Intentando disimular mi incomodidad, me sobé la cara y utilizando mis dedos como peine me acomodé el cabello hacia atrás, tomé aire y le contesté sin dejar de mirarla a los ojos, “Agradezco tu preocupación chinita, anoche no pude conciliar el sueño, demasiado calor por aquí, a lo mejor solo necesito dormir un poco”. Cuando la dejé y volví los ojos hacia cualquier parte, un vértigo fatal se apoderó de mi cuerpo hasta hacerme trastabillar. Sentí un reflujo amargo de tabaco invadiéndome la boca y tuve ganas de vomitar pero me contuve. Disminuido por una sensación de fiebre interior, alcancé a sentarme en una de las bancas. Debían ser casi las 11 am y mis ojos veían ya el avance funeral de la noche. Por un momento pensé que jamás saldría de ese lugar sofocante, sentía que iba a morir. Alzando la vista, a través de los grandes ventanales, pude ver asustado cómo el cielo se oscurecía junto a un viento huracanado que doblaba los árboles más inmensos. Temía que se suspendiera el vuelo y olvidando por un momento mi terco agnosticismo, dudoso, ensayé veloz una plegaria cristiana rogando salir de allí lo más pronto posible. Un inquietante cántico de brujo malero comenzó a sonar en mi cabeza, casi como la tonada tribal que el maestro chamán cantó en la toma de ayahuasca de la noche anterior, pero más fuerte y penetrante. Entonces creí ver entre la gente una silueta oscura que se movía llenando de sombras los rincones a su paso. Nadie parecía percatarse del hecho, solamente yo. Era la sombra poderosa y horrenda de una bestia asesina que me había seguido hasta ahí. Había llegado para matarme.

Bebí esa cosa amarga y aceitosa con la afiebrada idea de ver más allá de lo real. “Volverás a nacer” y “La naturaleza te dará respuestas”, dijeron mis acompañantes. Luego sobrevino una densa nube de humo de tabaco que me bloqueó la visión, mezclado con humedad, con aromas insondables y salvajes, y el canto continuo del chamán. Aquel era un canto lisérgico provisto de un espíritu desconocido, en cada nota de su ritmo, en cada golpe de percusión, en la estridencia hechicera de sus sonidos. Era adentrarse como cayendo en otro plano de la realidad, de otra dimensión, mientras ese canto me hacía ver y sentir mis manos revestidas con piel de lagartija. Súbitamente, todo parecía moverse a la vez que, de entre los efluvios oleaginosos de la mareación, aparecían siluetas que parecían ser seres subhumanos, manos sucias que tremulosas me tocaban la cara, los hombros y el vientre. Matorrales y hojas parecían tomar vida y se desprendían de cuajo, avanzaban reptando hasta mi cuerpo y penetraban en mí abriéndome por las venas. Había entrado en éxtasis. Luceros como ojos encarnizados brillaban refractados tras la savia acuosa del universo aquel, con aspecto de sueño pero tan real al mismo tiempo. Fue allí, entre las raíces vivas, cuando por primera vez vi el rostro ruin del malvado y nunca olvidaré que impostó un aspecto humano para tratar de engañarme. Puso palabras en su boca, habló en lenguas e intentó llevarse mi alma y devorarse corazón. Pero no pudo ocultar su verdadero rostro por mucho tiempo, pues una colosal cabeza de bestia felina asomó de entre la bruma, abrió su inmensa boca provista de colmillos afilados y sus ojos llenos de fuego estuvieron cerca de quemar los míos. Entonces quise salir de allí pero no sabía cómo operar mi voluntad en ese plano astral desconocido. Fue entonces que me arrodillé y rasgué el piso con mis desgastadas uñas, cogí un puñado de tierra colorada y la arrojé contra los ojos abiertos de la fiera. Un rugido de dolor hizo arder todo a nuestro alrededor. Todo comenzó a quemarse. Una mano humana apareció de la nada y me jaló como rescatándome. Vi el rostro del chaman que me dio el brebaje, pero esta vez tenía la cara de un ser del inframundo. -De haber no llegado a tiempo-, me dijo el chamán en insondable dialecto, - el Yanapuma te hubiera devorado vivo-.   

Hesitando, en la sala de embarque, ansioso esperé la hora de llegada del avión que por fin me sacaría de allí. Los segundos se hicieron pesados, los minutos no avanzaban. Se oyó un perifoneo y la voz femenina que decía que había retraso por mal tiempo. Intenté de nuevo mis plegarias, en desorden y con los ojos cerrados. Pedí perdón por mis pecados, prometí no volver a ser parte de rituales paganos y afirmé con decisión no buscar otra vez respuestas en la tierra de los muertos. Pronto el cielo recuperó su limpidez y el sol quemó con todo. Luego informaron que el avión proveniente de la ciudad de Lima estaba ya por aterrizar. Me puse en la fila. Llegó mi turno y fui verificado en la lista, pero extrañamente mi nombre no se registraba. Comenzaron a revisar papeles y pantallas y otra vez mis latidos se aceleraron, mi rostro desencajado y mis manos se volvieron a empapar de sudor. Pronto volvieron de la revisión y me informaron que ahora sí podía tomar el vuelo, que se superó el error. Reconfortado, cogí mi maletín y caminé hasta la escalera del avión. Giré la cabeza para ver el cielo sobre la ciudad y ya no vi esas sombras amenazantes, mucho menos los ojos candentes de la bestia. –Me voy y no vuelvo nunca más- Pensé y abrazando una sensación de sosiego ingresé al avión encendido. En mi boleto pude leer; Itinerario: de Pucallpa a Tarapoto, Hora de vuelo: 11:30, Asiento: Pasillo-E17. Ocupé mi lugar y no demoró la aeromoza en impartir alegremente las instrucciones para un vuelo seguro y placentero. Yo ya había cerrado mis ojos, ni siquiera la escuchaba. Caí profundamente dormido.
_ . _

“Atención señores pasajeros, el vuelo 188 de aerolíneas Selva ha aterrizado en la cálida ciudad de Pucallpa. Revise su equipaje de mano y tenga cuidado al salir. Que su estadía sea placentera, muchas gracias”

Hundido aún en mi sueño, mal atendí a esas palabras finales. ¡No puede ser! ¡Será una pesadilla!. Abrí los ojos con terror y salí corriendo hacia la puerta del avión para poder saber si era cierto. La misma tierra roja que antes había tocado me manchaba los zapatos, el calor era intenso y sobre la ciudad caía la noche. Una sombra con lomo de bestia esbelta oscureció todos los parajes hasta sus límites.


Nadie ha de creer entonces, que hasta hoy mi alma ha resistido, sin haber podido salir del mal sueño, de estar hace mucho tiempo escapando en círculos, huyendo de los gritos y cantos desesperados de los chamanes maleros, y ocultándome del asedio permanente –sin importar dónde vaya- de aquel yanapuma maldito.

jueves, 15 de junio de 2017

REGRESAR AL COLEGIO

Debe haber sido allá por inicios del 90, cuando mi hermanita Chío comenzaba a asistir emocionada y feliz a su primer año de secundaria en el colegio Ignacia Velásquez y se le ocurrió contarme con lujo detalles, en aquellas noches únicas tan solo iluminados por una opaca vela o una alcusa, o colgados al dial de una radio vieja con las perillas rotas, historias divertidas y alucinantes sobre sus ocurrentes y pendencieros compañeros de clase, las graciosas y misteriosas particularidades de sus maestros y los avezados apodos que les ponían, sobre esas extensas horas de clase entre ciencias, letras, matemáticas y ese OBE bendito, que los hastiaba de vez en cuando, pero que olvidaban definitivamente a la hora de los recreos, entre la charla con los compañeros, los primeros coqueteos entre ellos, a la hora de entrar o a la salida, en el trayecto de ida o de regreso a casa, muchas calles de tierra y pocos mototaxis, allí en la gran puerta del colegio, en el kiosco lleno de aromas a chifles de casa, a juanecito demento, twist y kola inglesa, a través de los pasillos, claustros y escalones, de un extremo a otro de las canchas y bajo las antiguas y desaparecidas pomarrosas del primer pabellón, fue que comencé a imaginar con fuerza, entre la ansiedad, las dudas y la curiosidad, sobre lo que podría ocurrir conmigo en aquel nuevo y vertiginoso escenario, una vez llegado el día. Recuerdo que con mi hermanita nos reíamos mucho, mientras hacíamos la tarea, cada cual en su extremo en una mesa pequeña, justo en medio de nuestras camitas, en una humilde y fresca habitación de barro y tejas.

Naturalmente que yo al ser todavía un imberbe niño de sexto grado de primaria, condenado a permanecer por un año más hundido en aquel insufrible estatus de inferioridad, era demasiado improbable que pudiese de algún modo ser aceptado en ese “privilegiado” grupo en el corto plazo. Sin embargo, cierto ímpetu en mi espíritu inconforme me animó a frecuentar a los compañeros de mi hermana sin titubeos ni prejuicios, y no sin antes sufrir un poco de reticencia y rechazo, me di cuenta que de un momento a otro, ya formaba parte de ellos. Así que durante todo ese año, terminé asistiendo con ellos a varios paseos al campo, a las veladas culturales y a los festivales de música, cuando no habían festivales gastronómicos sino puras “Kermeses”, a las fiestas de cumpleaños full champán y coconachado, a las noches deportivas llenas de música de banda y algarabía, a las viejas tribunas del estadio del IPD, a los muy populares “tonos pop” de esa época, y lo más importante, no me perdí por nada del mundo la fiesta de Aniversario de 1990, en la cancha del segundo pabellón, Shera, Pachanga y los Cuervos de Rioja de fondo, eufóricos hasta la médula, bailando los temas emblemáticos de G.I.T. como “Ana” y “Wadu-Wadu”, además de salsas romanticonas y sufrientes como “Una aventura” de Niche y “Lluvia” de Eddie Santiago, con mi pareja del momento, una híperdesarrollada niña a la que, en puntillas, solamente le llegaba hasta el mentón, mientras nos desgañitábamos saltando y cantando a una sola voz.
Ese año terminó en un dos por tres sin que me diera cuenta. El fatal primer gobierno aprista nos dejaba un país fregado, Argentina era el último campeón mundial, la U se llevaba otra vez el torneo nacional, en la convulsiva Europa ya había caído el muro de Berlín, la inmensa URSS se desintegraba, el mexicano Octavio Paz ganaba el Nóbel de Literatura y mi ídolo Gorvachov el de la Paz. Los “terrucos” y “la zona” sonaban con fuerza por todos lados, había toques de queda de vez en cuando y mi medianamente exitosa y feliz primaria llegaba a su fin, y comenzaba con las mismas, ese oscuro calvario existencial que fue mi adolescencia.
Debido a los estragos causados por los terremotos del 90 y el 91, y luego por una combativa huelga general de Sutep que no tenía cuando acabar, mi asistencia a la secundaria no pudo ser posible sino hasta el mes de agosto de ese año. Parte del viejo colegio Ignacia se demolió, se echaron abajo algunos claustros y columnas del primer pabellón y ya no había aulas suficientes para todos los grados, de modo que se establecieron dos turnos entre mañana y tarde. Como ya no fui matriculado en el Serafín Filomeno, tal y como inicialmente había pensado, a petición expresa de mi abuelita terminé asistiendo a mi primer año de secundaria en el Ignacia Velásquez, alumno impecable del fabuloso primero B turno tarde. En ese confuso primer año, en el que nos pasamos todo el curso de formación laboral acarreando ladrillos para la construcción de nuevos recintos y balbuceando nuestros primeros vocablos en inglés, luego de saborear una sabrosa y grasosa empanada de arroz o yuca con su cebollita picante, partíamos de vuelta a casa casi a la oración y llegábamos ya bien entrada la noche, justo a la hora de la merienda. Podías oler entonces el aroma del calentado mientras regresabas, caminando por las altas veredas, esquivando los charcos, de frente hasta la plazuela. No sé otros, pero en mi caso, ese fue un año bastante regular pues me sorprendí cuando me enteré en la clausura, que había clasificado en el tercio superior del grado. Eso era muy raro, a juzgar por las pocas ganas que le puse al estudio, nomás por andar de vago y distraído en otros asuntos dignos de cualquier sospecha.

Es muy difícil explicarlo, pero algo en mi espíritu y en mi forma de pensar y de ver el mundo comenzó a cambiar radicalmente a medida que pasaban los años. Estaba por momentos perdido en una realidad que no me gustaba, me sentía desarraigado y me inventaba broncas y conflictos solo para vivir en un estado de permanente angustia y desesperanza, tal vez porque la influencia positiva desde mi familia era tan precaria y tan difícil, que llegué a pesar en ella como algo inútil. Estaba jodido, lo confieso, pero tenía que vivir de alguna forma, quién sabe si para poder contar todo esto. En esa época fue que vi mi futuro como algo irreal y difuso, y fue allí que comencé a escribir poemas, más o menos en serio, pues ya era un obsesivo lector, pero ese es otro tema.
En la secundaria nunca fui primero en nada, salvo en las formaciones por ser el más chato de todos. Pero no me importaba serlo, lo que yo quería era olvidar mis miserias de adolescente anónimo así que decidí que en el colegio la iba a pasar bien, pero para ello tenía que utilizar la cabeza y hacer lo justo, pues pasaba mucho tiempo pensando y pensando. Entonces, ni mucho estudio que me pusiera en estrés y en competencia con los mejores, ni poco empeño que corriera el riesgo de repetir el año, era la estrategia. Desde el 91 al 95 permanecí impasible en aquellas inolvidables aulas del colegio Ignacia Velásquez, y si bien es cierto no me preparé en ella de tal forma como para enfrentar con solvencia y seguridad mi vida inmediata possecundaria, ni intelectual ni académicamente, sí aprendí con dureza y con ternura, algunas cosas esenciales sobre la vida, el amor, la amistad. Allí aparecieron los primeros amores con las primeras miradas que me prepararon para relaciones futuras, conocí a personas extraordinarias a quiénes aprendí a querer por su generosidad y calidez, me hice amigo de muchos que pertenecían a otros grados y fui un díscolo subcoordinador de aula con el promedio más bajo en conducta. Hice mis primeros cuestionamientos y críticas formales a algunos maestros y aprendí a apreciar y a jugar básquetbol pese a mi talla. Asistí también a muchos tonos, fiestas de cumpleaños y quinceañeros incluso de “paracaídas” cuando no me invitaban. Aprendí desde la euforia a hacer barra, a sentirme alegre y orgulloso por mi colegio, a cantar emocionado su himno, a amar sus lemas y sus colores. Nunca fui nunca tomando en cuenta para representar al colegio en absolutamente nada, salvo aquella vez en que mi hermanita y sus amigas del segundo año, me animaron a bailar en una actuación, el pegajoso “muévelo, muévelo” del General, yo al centro con indumentaria camuflada y ellas, a mí al rededor, moviendo el esqueleto en vistosa coreografía. Aquello fue lo más cerca que estuve de la celebridad y de la fama. Menos mal ese tiempo aun no existían los celulares con cámara, porque se hubiera hecho viral. Aprendí con resignación, en una noche que lloré mucho, a morder el polvo de la derrota en un concurso de marinera. Me hice amigo de varios profesores quienes al notarme inquieto me armaban charla y me aconsejaban. -Mis viejos se fueron, profe-, les contaba triste. Entre muchas cosas, aprendí a aceptar la vida, a superar el miedo y la pena, aprendí a apoyarme en mis compañeros y de cierto fui alguien que también los apoyó con firmeza en algún momento. Aprendí, cómo no, a utilizar el teléfono, del cual al inicio se llamaba dándole el número a una operadora, luego vino el discado directo que hizo todo más fácil. Aprendí a escribir cartas románticas y poesías, a leer las grandes obras de la literatura universal como las de Flaubert, Faulkner y Hemingway, y varias enciclopedias de ciencias sin que alguno lo notara. Intenté inútilmente dibujar y pintar paisajes en tablas y cartones, y aunque destaqué en persistencia fallé en la calidad. Me formé como un elemento de grupo, para asistir y colaborar. Me hice pequeño líder de algunas causas triviales pero dignas de respeto, aprendí a compartir. Sin desearlo también aprendí a protegerme y a ser leal con el amigo, a cuidarle la espalda, a defenderlo como a un hermano. Hubo momentos en que sentía que podía dar la vida por cada uno ellos. Fui parte de un equipo, de una collera que vivía al máximo en todos lados. Allí supe lo que significaba guerrear, a apostar ganando y perdiendo en el fulbito. Aprendí duramente una mañana de naufragio en el rio Indoche que éramos capaces de salvarnos la vida. En algo aprendí a superar el rechazo y la discriminación de la que muchas veces fui víctima, aprendí a vivir en medio de una indiferencia que me vi obligado a soportar. Pero también toqué fondo, pues siendo honesto, hubieron algunas crisis que difícilmente pude superar, sacando muchas veces lo peor de mí. Me hice rebelde sin causa, como los personajes de algunos de los libros que leí. Aprendí a aceptar y soportar los castigos, a tolerar a los insoportables, a ignorar a los tercos. Tuve que correr para salvarme de serafinenses agresivos que querían sacarme la cabeza y luego me hice amigo incondicional de algunos de ellos. Aprendimos a hacer travesuras, a provocar y a actuar en grupo para estar seguros. También Junto a algunos coetáneos, esos años formé mi camino definitivo en la música, el rock, con Nirvana, Toto, Queen y Aerosmith, y comencé a escribir poesías cada vez con más aprehensión.

El día que el colegio terminó recién me di cuenta que debí haber hecho algo más, que debí haber aprovechado todo, caray, pero ya era tarde. Desde aquel momento ya nada volvería ser como antes. Quizá por ello el cauce de mi vida demoró un poco más en agarrar la ruta precisa, esa que me ha traído muy bien hasta aquí, y que de otro modo, tal vez no hubiera sido posible. Ya no importa cómo, lo que importa es haber llegado.
Los que sucedió después con aquellos con quienes nos despedimos entre lágrimas diciéndonos, medio picados por tanto ron o chavelado, que nos íbamos a recordar para siempre, mientras firmábamos nuestras percudidas camisas de fin de año y corríamos frenéticamente el rollo kodak para una nueva fotografía, tiene tanto de certeza como de enigma. No tiene caso incidir en una época que nos alejó el uno del otro y amplió más nuestras diferencias, diferencias acentuadas tan solo por un tiempo, pero que después de más de veinte años, suman un saldo que es irrelevante, pues lo que realmente importa hoy, es aquello que vivimos como alumnos de nuestro querido Colegio Ignacia Velásquez, solamente durante esos cinco años maravillosos, las buenas cosas sobre todo y no las malas; que hoy al celebrar su 74 aniversario, nos convoca con emoción a ser parte de su celebración, como cuando bailábamos en esas fiestas zanahorias en la cancha principal, con los Cuervos, Los Halcones o F27, sin luces de discoteca ni cervezas, sino solamente al brillo de la imaginación y la belleza, y alguna chata caleta de cartavio de donde chupábamos sin que nadie viera.
Desde el fondo del corazón, muchas gracias a todas las personas, docentes, auxiliares, alumnos, quienes han hecho posible esta gran reunión, a los que trabajan desde dentro de la institución y a los que han apoyado la organización desde afuera, pues sin esa fortaleza titánica nada esto sería posible, ni siquiera esta historia que no es para nada triste, es solamente una simple historia, como las que se cuentan hoy en las redes sociales con hastags y whasapeos, y que en el marco de este nuevo siglo cobra vigencia nostálgica en la memoria y, cómo no decirlo, dan una ganas intensas de regresar al colegio.
¡Feliz 74° Aniversario querido Colegio Ignacia Velásquez!
Frank Erik Donayre Sánchez (37)
Ex alumno – Clase 91-95.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

ANTES QUE SEA TARDE


Debe haber sido allá por el 95, casi al finalizar mi periplo en la insufrible secundaria, cuando por primera vez tuve conocimiento de algunos términos asociados al asunto de la Ecología, vocablo para mí nuevo por aquellos desdichados días de mi adolescencia.
Por esa época se había inaugurado en Moyobamba la novísima y flamante Facultad de Ingeniería Ecológica, como extensión de la Universidad Nacional de San Martín, instalada en su mayoría en la hermana ciudad de Tarapoto. Había llegado entonces la hora de que Moyobamba -capital-, postergada por muchos años y tras incontables reclamos y pedidos al gobierno central, tuviera por fin su propia escuela universitaria pública. Honestamente, mi quebrado ánimo de ese tiempo me hizo pensar que la ingeniería era mucho para mí, y eso de ecología todavía no me sonaba a nada objetivo ni real, así que elegí otro camino.
Al margen de lo que en los últimos veinte años haya ocurrido en dicha facultad, y si su impacto ha sido positivo para nuestra sociedad, me hago inmensas preguntas celestes: ¿No fueron acaso esas doradas generaciones de ecologistas, las llamadas a liderar hoy en día los debates sobre la protección del medioambiente, los gases invernadero y el calentamiento global?, ¿Les habrán inculcado en realidad la importancia de los bosques primarios que rodean nuestro –cada vez más- deforestado valle?, ¿Cuáles son los riesgos que corremos si desaparecen estos bosques primarios y son reemplazados por otros cultivos cortoplacistas?, ¿Los habrán concientizado sobre la contaminación atmosférica con CO2 generado por el caótico parque automotor moyobambino lleno de vehículos envejecidos y que son muy contaminantes?, ¿Habrán investigado siquiera someramente sobre las razones por las cuales, el torrentoso rio Gera y sus legendarias carataras, las límpidas quebradas de Rumiyacu y Mishquiyacu y nuestro nostálgico canal de Indañe, han perdido cada vez más su caudal y su núcleo de vida, reduciéndose frente a nuestras narices, en hediondas acequias por donde hoy discurren aguas con caca y basura?, ¿Habrá alguna vez existido el maduro interés por abordar estos temas con seriedad y responsabilidad?, ¿Existirá pues en nuestra región debate científico sobre sobre el tema ahora que nos ponemos quejosos cuando nos sofoca un inédito e insoportable calor?, ¿!Quién rayos tiene la culpa de este desmadre!?. Así, de manera infinita, nos seguiríamos preguntando.
A muchos de mis amigos y conocidos “ecologistas” que egresaron al inicio del nuevo milenio, los he visto más como empleados públicos asalariados adscritos al algún partido político, a otros dedicados ambiciosamente al “negocio” de la gestión pública, otros más a la improvisada docencia solo por tener segura la chamba, y a muchos de ellos también, decepcionarse de una carrera de dudosa proyección y abandonarla. Pero nunca he visto a ninguno de ellos defendiendo privada o mediáticamente desde fueros políticos o científicos, la fragilidad de los ecosistemas ante la brutal actividad extractiva (y lucrativa) del hombre y el inminente peligro que se cierne sobre el aire, el agua y la tierra de este paraje bendito llamado Amazonía. Cada vez que intenté entablar una conversación sobre el tema con alguno de ellos, casi siempre se impuso el desgano, la desinformación y la indiferencia.
Andaba ya por las calles de Lima comulgando con algunos socios vinculados a la izquierda juvenil y sus ideales progresistas y renovadores, cuando me quedé admirado, observando el cartel de estreno de una película que daría que hablar. El cineasta alemán Roland Emmerich, el mismo de Soldado Universal y Día de la Independencia, estrenó en el 2004 el film “El día después de mañana”, con escenas apocalípticas y una narrativa que explicaba a través de sus locaciones y personajes, las calamidades de un hipotético calentamiento global y la rápida destrucción del mundo que conocemos. Cuando la vi quedé conmovido y de alguna forma, me hizo reflexionar, pues comprendía que en el futuro algo así podría suceder. Pero no fue hasta el estreno del polémico documental “La verdad incómoda”, producida y explicada nada menos que por Al Gore; excongresista, exvicepresidente, excandidato a la presidencia de su país y premio Noble de la Paz, que perdió contra el infame George W. Bush en un balotaje ensombrecido por acusaciones de fraude, que me convencí con firmeza sobre el tiempo que estábamos viviendo, que el cambio climático era real, que el efecto invernadero dañaría a la humanidad, que la capa de ozono cesaría de protegernos en cualquier momento, sentí en sueños cómo se calentaba la tierra, cómo se deshielaban los polos y sufrían los hombres de las nieves, otras cosas terribles, etc.
A poco tiempo de regresar a Moyobamba y ya con mi Patricia en cinta, favorecido por mi modesta habilidad con el inglés, fui urgentemente requerido para recoger a dos señores extranjeros que volaban Lima-Tarapoto y hacerla de guía y traductor durante los dos días que ellos permanecerían hospedados en el hotel Puerto Mirador. Fue así que mientras íbamos por la ciudad y sus alrededores a pie o en motocar según lo requerido, que pude entablar algunas charlas con aquellos prominentes doctores neoyorquinos, irónicamente, uno de ellos judío y el otro alemán.
Ambos tenían puesto en interés sobre algunos terrenos que pretendían adquirir, de manera que dimos vueltas la Moyobamba a finales del 2008, preguntando y conversando. Sobre la marcha fui escuchando sus agudas conversaciones, su visión conservadora de la sociedad, su aversión a la idiosincrasia de nuestra gente, sus críticas a nuestras sociedades atrasadas en comparación a las suyas; en suma, su burla permanente frente a una forma distinta de ver y comprender la vida. Los odié por un rato, yo deseaba que los soldados gringos se largaran de Irak. Así que, en una de nuestras charlas, no pude evitar traer a colación el tema del Calentamiento Global y de su más conspicuo compatriota: Al Gore. “It´s a new religión”, me dijo muy orondo uno de ellos, dándome a entender que, el señor Al Gore, no era más que un fanático predicador usando una ideología alocada, con la cual solo pretendía favorecer sus propias prerrogativas y captar más adeptos a nivel mundial. “He’s a liar” sentenció el otro sin pestañear, Obviamente, ambos eran republicanos, acérrimos partidarios del malévolo Bush y estaban de acuerdo con su política intervencionista e invasora, pues porque, según ellos, se defendía la santa democracia y el espíritu libertario del pueblo norteamericano. Hablaron tan elocuentemente hasta citando a quién sabe que autores y qué libros, que me hicieron dudar de lo que había creído firmemente hasta entonces. ¿Habré sido un tonto?, refunfuñé y luego dejando el tema, nos mudamos a otro.
Está claro que mi duda no duró mucho tiempo. Si bien titubeé en un inicio, mi conciencia y mi conocimiento ecológicos fueron incrementando con los años y recordaba esa particular conversación con una alta dosis de piconería.”gringos mentirosos”, pensé.
El último domingo de noviembre se realizó el estreno mundial del documental “Antes que sea tarde”, conducido por el actor ganador del Oscar, Leonardo Dicaprio, en el que, una vez más y de forma definitiva, se nos explica de forma clara y directa, qué es lo que está ocurriendo ahora en nuestro planeta por el cambio climático. Las conclusiones son terribles: islas borradas del mapa por el aumento de los océanos, deshielos colosales en los polos, la desaparición de varios ecosistemas alrededor del globo, la crisis ambiental en varios muchos países, la mayoría de ellos pobres. Todo eso ocasionado por la acción directa de hombre y su codicia. Al final de él se habla de esperanza. No se podrá revertir el daño hecho, pero si dejamos de quemar  combustibles fósiles y dejamos de contaminar indiscriminadamente la tierra, el aire y el agua con residuos de las sociedades industriales, etc, podemos detener en algo su avance.
Llama la atención algo que no es nuevo en estos debates: La información. Se sabe ahora que las grandes compañías transnacionales fabricantes de todo, promueven la desinformación sobre el cambio climático y utilizan sus tribunas preferenciales de una prensa comprada para decirle al mundo que todo es una farsa.
La historia nos cuenta que en 1965 cuando el científico norteamericano que descubrió en definitiva la edad de la tierra, Clair Patterson, descubrió además altas concentraciones de plomo en el ambiente, lo que no se condecía con los informes científicos por las petroleras americanas, la industria ejerció presión para silenciar a Patterson. Este continuó defendiendo su impopular postura ecologista frente a todo un ejército de connotados científicos e ingenieros que pagados por intereses poderosos, lo acusaban de loco y mentiroso frente al Congreso estadounidense. Finalmente en 1970, entró en vigor La Ley de Aire y eliminó todos los aditivos de plomo de los combustibles, pinturas, plásticos, tuberías, etc. Pero a Clair Patterson nadie lo recuerda como un referente de la ecología mundial.
Será entonces coherente que como sociedad pidamos aeropuertos, estadios, exposición internacional, turismo descollantes, cuando somos una sociedad enferma y corrupta, que se ocupa a duras penas de sus problemas más urgentes, con calles rotas, homicidas impunes, enormes problemas sociales, divisionismo racial, chauvinismo cojudo, etc.

¿Hasta cuándo la mentada gran megaobra de saneamiento de nuestra cuatricentenaria ciudad?, ¿Hasta cuándo nuestro celebrado río Mayo tendrá que ser la una cloaca que recibe toda la porquería de las ciudades y pueblos en sus orillas?, ¿Habrá algún proyecto cercano y sostenible para tratar nuestras aguas servidas y la basura?.
Tantas preguntas que responder que ya me genera cólera no saber qué contestar. ¿y ustedes, están haciendo su parte?.

domingo, 23 de octubre de 2016

BREVE HISTORIA DE LA HORMIGA Y SU PUEBLO


Bajo una densa y neblinosa oscuridad nocturna, y casi cediendo al peso de mi sueño contenido por varias horas, justo cuando un reloj imaginario resonaba en la precisión de su tiempo, fue cuando apurado encendí mi antorcha en medio de una fría noche con visos de madrugada ambarina, mal sentado bajo un bosque de árboles lúgubres y pelados, a solo dos pasos de distancia de un gran caserón, y desde cuyo laberíntico interior -incluidos los repulsivos y feroces curohuinces- comenzaban a emerger incontenibles las providenciales siquizapas a través de múltiples cráteres, y ya sea a rastras o volando, avanzaban con temeridad hacia el fulguroso brillo de mi señuelo: un aceitado estropajo atado con alambres que, mientras ardía, suspendía su fuego sobre un agujero en tierra que a modo de trampa inexpugnable, recibía a las potonas aladas que caían chamuscadas hacia su fondo.
Con velocidad frenética yo iba recogiendo con la mano descubierta y vulnerable, de uno, de dos, de tres hormigas, sosteniendo un costal en la otra mano, sudando chorros de sal bajo mis improvisadas ropas chacareras. Incalculables veces hundí mis débiles dedos en esa tierra húmeda, reforzado de momento por la adrenalina que bloqueaba transitoriamente el agudo dolor causado por los sendos mordiscos que los curohuinces me infringían, en el dorso de mis manos, en mi espalda baja, a media pulgada de mi pálida yugular. Me daba de manazos para un breve alivio. Y volvía a la carga para recolectar, con fruición, de entre la tierra arcillosa y los residuos muertos de la naturaleza, todas las hormigas que podía, tan volátiles, tan exóticamente perfumadas, resistiéndose a ceder. Aleteaban perdidas en su propio caos. Algunas de elevan y alcanzan a escapar mientras irrumpe aún tenue, la luz de un nuevo día. Allí pude ver sus siluetas de inquietantes hadas subterráneas, ser arrastradas por el viento traidor de esa hora, que ya comienza a traslucir las sombras de los magníficos nubarrones amazónicos.
Al rayar el día, alrededor del quemado caserón, sobre la pampa yacían los restos de una masacre minimalista, partidos, calcinados, lapidados, decapitados y desollados por criminales remolinos humanos, toda aquella comunidad insectos eusociales que al abandonar su castillo, sin saberse urgente y caro manjar, fueron presa fácil de pájaros matinales y de la insaciable avidez y codicia de hombres que, o los pondrán a la venta en los pasillos del mercado, a gran precio, y más temprano que tarde, terminarán en una sartén, con gotas de aceite y granos de sal, sabrosos de forma inexplicable. Volvimos a casa con la bolsa llena de síquizapas, mientras una bruma deliciosamente aromática que salía de las cocinas de las casa del camino, se colaba por nuestras ansiosas narices. Ya quiero llegar a casa, para comer mis ricas hormigas, sin pudor y sin vergüenza.
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Este fin de semana fui testigo de un hecho inédito en esta maravillosa villa del Señor. A pocos kilómetros nomás, en el siempre enigmático distrito moyobambino de Yantaló, en un despertar renovado de identidad amazónica, de celebración por lo nuestro, de la alegría de vivir en un reducto selvático lleno de gente emprendora, agradecida y maravillosa, se llevó a cabo con rotundo éxito, el II Festival de la Hormiga, Yantaló 2016. No sé cómo explicarlo, la gente alegre que sonreía dejando notar las patitas de los hormigas entre sus dientes, sin pena. Bebiendo rico y natural, disfrutando de la comida hecha por manos sabias y creativas, que incluían sabores de hormiga en sus salsas y tentempiés. Gente de todos lados, amigos entrañables, en un lugar mágico tan antiguo como nuevo, que nos recibe con un sol radiante, y luego la lluvia lo lava todo.
Tú que estás lejos, y no has comido hormigas en mucho tiempo, sabes de lo que hablo.
Ha sido para todos una experiencia interesante y motivadora, el poder presenciar el nacimiento de una celebración icónica, especial y particular, que debe ser aprovechado de forma integral e inteligente en favor del desarrollo social y turístico de nuestra prodigiosa tierra.
Estamos con ansias esperando ya el próximo año. Por lo pronto, para III Festival de la Hormiga 2017, ya se sabe que al llegar a la privilegiada villa yantalina, una maravillosa escultura de una hormiga gigantesca nos dará la bienvenida en su idílico y desnivelado portal.
Gracias Yantaló, privilegio de nuestra tierra.

jueves, 20 de octubre de 2016

ORFANDAD



Hoy como todos los días de mi vida he despertado huérfano.
Porque no hay imágenes ni recuerdos tuyos 
en mis turbios ojos de niño.

Dejó de doler tanto cuando comencé a ser sincero,
y me puse a escribir versos taciturnos
sin consuelo y sin cariño.

Sin poder, ahora cargo a mi hijo en brazos y lo levanto,
le propongo hacer un aeroplano para ir de viaje juntos.
Me corto los dedos haciéndolo
Para no decepcionarlo.

Me falta tino para freírle un huevo a su gusto.
Nadie me enseño salar las sopas,
a cómo cortar adecuadamente el queso.
De buena gana me habrías enseñado algunos trucos,
como comer pescado evitando las espinas y huesos.

Sin ti por los alrededores
de muchas otras madres aprendí,
a no ser un hijo necio, a ser solo sobrino,
a comer de la mitad de un huevo duro,
a dormir entre varios,
a leerme los cuentos yo solo,
a escribir.
Todos los que recibieron una carta de mi abuela saben que ella escribía.

Dios sabe qué hubiera aprendido contigo.

Hoy como todos los días de mi vida he despertado huérfano.
y solo me consuela el recuerdo hermoso de mi abuela,
llorando sin cesar,
cuando se enteró que yo quería ir al ejército.

Los paseos por la calle derecha, por recodo, siguiendo la procesión,
siempre de su mano.
Comiendo aguajes, desgranando shimbillos.
Me arrulla el sonido imaginario con cadencia de vals
que silbaba para sí, como para recordar a sus hijos.

¡Has de ir por la vereda, hijito!,
me decía a diario cuando salía para la escuela.
Me dio tanto de ella misma,
cuando lavaba llorando
las mugres de mi vida
mis ganas de no hacer nada
cuando cuidaba mi sueño profundo
y me esperaba.
Jamás me alcanzaron el corazón y las manos
para recibir tanto amor

Pero ella ya murió.
Ahora quedamos en mi mundo, mi mujer, yo y nuestro hijo.
Abrazo a mi suegra entonces, porque es buena,
y porque como siempre, no estás tú.

Y ya no la abrazo más porque me duele.

Hoy como todos los días de mi vida
me siento huérfano.

KURT


estas no son las sucias 
y nihilistas calles de Aberdeen
pero surgen de la nada tus 
emociones lúcidas y tímidas
como un ruidoso concierto
de lluvia y aserrín

tu canción me excita y me remuerde
un deseo de ser zurdo se cierne
sobre mí
sobre el humo que mezclo con
mi sangre
humo de tu voz que penetra mi oído
y termina por reventar
mi conciencia

leo tu historia susurrando
tus pasos
y en sueños camino por
los fríos campos
que recorrías insomne antes
de subir al tablado
a llorar baladas tercas y
oscuras

la gente solo contempla
cómo vives
aplauden mientras te desangras
en versos musicales
y ya no hay razón
para seguir

Pongo play y en seguida suena:
“My girl, my girl,
Don´t lie to me
Tell me where did you sleep
last night?”

Y bang!
...terminaste por volarte la cabeza.

domingo, 16 de octubre de 2016

LOS JUGUETES DE MI VIDA

Uno.

En la tierra de mi abuelo el aire es de color verde claro. Llega junio y es cuando los vientos orientales corren más que lo acostumbrado y todos los niños pequeños, en un derroche de felicidad y energía, le sacan ventaja a la naturaleza y salen a volar sus coloridas cometas, en desorden, descalzos y enloquecidos, con la única ilusión divertida de alcanzar el cielo con aquellas frágiles navecillas, hechas de bolsa plástica y un par de palitos de caña en forma de cruz. Mi abuelito Pancho ha nacido en este lugar hace más de setenta años. Su papá, que también se llamaba Pancho, nunca le hizo una cometa.
-Mi padre era un hombre callado-, dice el viejo, pelando impecablemente una naranja con su filosa navaja. -Él nunca aprendió a leer-, continua. -No había escuela en su pueblo cuando él era muchacho-
Devora sediento su naranja y con la misma navaja que sostiene, pule finamente las varitas de caña brava, que luego cruzadas serán el esqueleto de mi cometa. Mi abuelito tiene los dedos anchos, pero es fino para atar el frágil armazón de la nave. Lo hace muy rápido. Yo lo observo con ojos curiosos. Mi abuelo camina encorvado, con parsimonia, tomadas las manos hacia atrás, como sosteniéndose para no caer.
-Vamos, está lista tu cometa-, exclama mi abuelito. Salimos entonces y en el camino tomo su mano callosa pero cálida. Él me sostiene con seguridad, siento que me protege, que nada me puede dañar. Pienso que, tan alto como vuele mi cometa, así podré soñar.
- Vuela mi cometa allá a lo lejos, como colgada de una nube. Es como un ave salvaje, se bambolea de a ratos con un ventarrón celeste. No se cae nunca mi cometa, es mi nave indestructible. Vuela mi cometa y planea su cruzado pecho sobre el barranco. La sobrevuelan tijerachupas y pihuichos. Flota libre y soberbia sobre los árboles oscuros y los pozos -.
Mi abuelo Pancho sabe ver la hora mirando al sol. No mirándolo directamente, claro está, porque le duele. A veces ni siquiera levanta la cabeza, tiene ya esa percepción totalmente entrenada, como si hubiera sido de tal modo toda su vida.
Después de un largo rato, pero para mí imperceptible: –Volvamos ya a la casa-, me dice, girando su cabeza hacia donde se pone el sol. Usa su mano como visera para atenuar el brillo rojizo de la tarde. Humedece su dedo índice en la lengua, levanta su brazo como para alcanzar un arrebato de brisa.
– Pronto va a llover-, dice con voz lacónica, al tiempo que se pone de pie. -¡Pero abuelito!, el sol está todavía fuerte, un ratito más, mira mi cometa cómo vuela, ¡mira abuelito, cómo se eleva!-, le digo con voz quejosa, decepcionado. - No muchacho, el aire está corriendo con fuerza, estoy seguro que va a llover -.
Me tomo unos minutos, vivo con emoción esos instantes de alegría mientras hago bailar a mi nave en el cielo de la punta. No deseo volver a casa todavía, quiero seguir observando sus giros, su danza con las nubes suaves de fondo. Me apresuro en enrollar el hilo que ahora es muy extenso. Giro mis brazos varias veces. Mi cometa comienza a abandonar el cielo. Cabecea, se inquieta, se arremolina. Continúo girando mis brazos, ya falta poco para llegar. ¡Pero un segundo!, ¡qué pasa, mi cometa no se mueve!. ¡No, el hilo se ha roto!, ¡mi cometa!, ¡mi cometa!, mi amada cometa, sin hilo ni motor, cae lentamente, como despidiéndose, hacia el fondo del barranco. Comienzo a sollozar bajito, no quiero que mi abuelito se fije en mi pena. -¡Se rompió el hilo y se perdió mi cometa!-, dije con el ánimo quebrado. Mi abuelito, casi sin poder, se puso de cuclillas, como intentando igualar mi pequeñez:
- No importa muchacho, vamos a casa que ya es tarde. Mañana haremos una nueva cometa-, me dice sonriendo. Me acaricia suavemente la cabeza.
El sol aún no se ha ocultado, pero ya asoma un aura oscura sobre la piel de las hojas. Las personas que andan por las calles regresan a sus casas. Guardan con prisa sus granos de café y cacao puestos a secar bajo el sol. Ponen sus bicicletas y vendimias a buen recaudo. Ocultan sus bancas y poltronas. Cierran media puerta, se apoyan allí como en una barra y esperan. Mi abuelito y yo a casi llegamos a la casa. Las primeras gotas de lluvia han comenzado a caer.

Dos
-Le hago frente como hombrecito a todos los monstruos que viven en mi huerta. Me defiendo cuando ellos me atacan en las noches de insomnio, cuando lentamente, intentan sorprenderme y atemorizarme. Envalentonado escucho los ruidos extraños de la noche, me protejo de su amenaza, No les temo porque mi abuelo Pancho está aquí para protegerme-.
Mi abuelito Pancho camina diez calles para llegar al mercado. Se acomoda el lloque desteñido, observa su opaco reloj plateado, mide los minutos pasado las seis, sostiene su bolsa y pega la lenta caminata, siempre por el lado derecho de la calle, hasta llegar a los pequeños puestos de panes y biscochos. Va silbando, caminando por entre las mesas, tonadas de vals y de bolero. Recuerda quizá alguna antigua serenata, pues sonríe. Lleva consigo el centavo justo y va a ganador en el regateo. Compra toda cosa de comer, principalmente, plátanos verdes, frejol puspo, maicito para los pollos. Y esta mañana se siente diferente. Mi abuelito se ve fresco y risueño. Me habla con una naturalidad infrecuente, pues me ha preguntado qué quiero que él me compre. – Cómprame una liga, por favor abuelito-, exclamo con júbilo.
Paga un sol de oro por una luminosa liga verde. La estira como para notar su fuerza y medir su probable alcance. Su mirada cruza sus anteojos prístinos, la sostiene sobre mí y expresa:
-Esto es el mejor juguete que puedes tener, pues es más que sólo un juguete. Ahora te enseñaré como usarlo-.
Caminamos por todos los senderos y pasadizos del mercado. Compra medio atado chancaca, pan de casa, queso mantecoso. Le dice al carnicero, que es su viejo casero, le prepare un kilo de los mejores huesos de res y tres cuartos del más fino mondongo. No compra café molido ni misto. Una señora morena, vendedora de ricos chocolates caseros, le dice piropos tiernos al abuelo. -Tiene los ojos verdes y profundos-, dice ella, mientras manipula sus insumos y los entrega sin precio, todo mientras se sonríen mutuamente. -No le digas nada a tu abuela-, replica el viejo.
Antes de regresar a casa, me lleva para que me tome un jugo de papaya, guinea y leche. Él no toma, solo mira. Dice que la leche le da diarreas. Prefiere chupar dos naranjas de desayuno y dos después del almuerzo. Jamás vi a mi abuelo comer otra fruta diferente.
Ahora sí que debemos volver y para ello tomamos el jirón que desemboca en la calle derecha. A veces vamos por Recodo, pero la calle derecha tiene esas veredas altas por las que uno camina como elevado. Así, con buen ritmo en nuestro paso, llegamos a la plazuela, a donde volveré más tarde para jugar dos al arco con mis amigos. De pronto, el zaguán, la casita coloreada con cal y los zócalos con arcilla. Las coloniales tejas rojas traídas de alguna fortaleza antigua.
Minutos más tarde, mi abuelo me conduce hacia el espacio que se extiende detrás de nuestra casa. Una inmensa huerta llena de plantas mágicas y generosos árboles cargados de frutas maduras: paltas, sangre de grado, bombonaje, caimito, sacha chope, mandarina, zapote y, como no, doce maravillosos árboles totalmente cargados con las más dulces naranjas de la zona. Allí, cobijados por la fresca sombra de una mañana de cualquier estación, mi abuelo Pancho me sienta a observar con detalle, la forma cómo construye con destreza, el mejor balador que alguna vez mis ojitos hayan podido contemplar. Prontamente saca una horquilla, pulida y recia, que antes fue puesta a secar sostenida a media altura sobre un fogón, atada de sus extremos para recrear la forma de unos cuernos, de curvatura tan precisa que potenciaba el poder de su centro mira. Brillaba, era bonita. –Si no los haces de naranja los haces de guayaba- aconseja mi abuelo, mientras ajusta un extremo de la liga a una de las puntas de la horquilla. Mi abuelo tiene los dedos anchos y resecos, pero maniobra los hilos del balador, casi sin respirar, con una prolijidad que sorprende. Pareciera que el tiempo se detiene mientras él, con elegancia natural y primitiva, básicamente humana, le va prodigando sus finos detalles.
- ¡Listo, vamos a probarlo! .
Desde aquel día, la intensidad y emoción de nuestras vacaciones cambiaron para siempre. ¡Qué más se puede pedir, si ahora andamos armados!. Todos los niños cazadores de mi tierra, salimos por las tardes en búsqueda de aquella infinita diversión que solamente nos otorga, liquidar de un solo baladorazo, a una paloma torcaza, o de varios, a una chozna. Los niños de este barrio somos los dioses todopoderosos de las casas abandonadas, los terrenos baldíos, los barrancos y las ricas huertas de los vecinos, a donde nos metemos sin permiso, tan solo con abrir sus endebles cercos. Allí, sigilosos, desde adentro es cuando damos el zarpazo. Pobres avecitas de toda laya que acuden a sondear los cuidados jardines de doña Aurora, mueren casi estallando, decapitados por tremendo piedrazo. ¡Pum!, ¡pájaro al suelo!.
Mis amigos y yo llevamos nuestras ligas colgadas en el pecho en señal de que todo está bajo control, pues no olviden que andamos armados. Y en la bolsa, municiones esféricas de greda naranja. Somos un comando de élite, entrenados a la mala por los más pendejos en las hondas zanjas del arenal de Lluyllucucha, por Fachín, yendo hacia Azungue, bajando por Lachi. No importa en absoluto si nos quema el mal arco. Comemos tierra parda con fiereza y orgullo, calmamos nuestra sed bebiendo cualquier agua. Tenemos precisión en el disparo a distancia. Nos arrastramos sobre las madreselvas sin remordimientos. Hacemos el dos en un hueco que cavamos con la uñas y al terminar, como hace el gato, lo tapamos. Somos los más bravos guerreros, como los rangers y los vaqueros. Hemos derrotado a muchos sapos y shapingos invisibles combatiendo cuerpo a cuerpo. Corremos en varias velocidades, por la pampa, por la pesada arena, por las rutas soledosas que llevan agua. Damos brincos frenéticos, asesinamos chicharras. Esquivamos, a la carrera, los espinosos brazos de la zarzamora. La grama filosa nos ataca con sus largas hojas y, finalmente, subimos a los árboles para visitar a los monos, como las huevas, porque somos los más veloces del bosque. Todos los niños cazadores de mi tierra nos vamos a nadar al viejo Indañe. Allí aprendemos a ser hombres tragando litros y litros de agua, la crecida sobre el puente, esquivando cardúmenes de carachamas, llenando el buche de aire para hundirnos a buscar la alucinante idea de algún tesoro. Los niños cazadores de esta parte del mundo, después de explorar hasta los límites del bosque oculto, volvemos todos a casa, caminando ligero, para alcanzar la merienda. Mamita sirve panatela con roscas tostadas y nosotros ya hemos asegurado nuestras armas.
Mañana volveremos a confundirnos entre el verde follaje y el pantano. El universo del gran barranco será nuestro sabio reino. Y entonces lo haremos todo de nuevo.
Tres
En medio de un copioso almuerzo, servido con orden en platos de fierro enlozado, llenos con la dulzura del arroz baleado y el murmullo salado de las mojaras que hirvieron en su propia sustancia, sin agallas ni escamas, nos acompañan en la mesa dos recios peones partidores de leña, que inquietos resoplan y regurgitan antes de aplacar su apetito, sedientos de sopa, hambrientos de carne, trituradores de huesos imposibles. Mi abuelito fue desde siempre un hábil simplón, que hacía regocijar a la mesa con alguna ocurrencia y después la risa incontenible. Luego de sorber su último trago de chicha macho, se incorpora mi abuelo y agradece. - ¡Gracias con todos!-, dice. - ¡Provecho don Panchito!-, responden ellos. Coge su machete, lo sostiene colocando las manos hacia atrás, como intentado no caerse y se retira hacia el traspatio.
Colocándose en posición de cuclillas frente a una inmensa roca plana, comienza mi abuelo a afilar la temible hoja su acerado machete. De a ratos sumerge la hoja caliente y filosa en un gran pate con agua. Roza con sus dedos el extremo cortante. Se corta a medias. Ya está listo. A medida que avanza por medio de la plantas de colores, va revelándome con la paciencia de un sabio naturalista, los misteriosos beneficios del ojé, la malva buena y el azafrán. Acto seguido, corta de unos cuantos machetazos el tallo suave de una guayaba y lo arrastra hasta un lugar sin sol bajo el bombonaje. Allí permanecemos secos mientras una breve garúa, de esas que caen por distracción, solo alcanza a lavar las hojas externas de los árboles, para luego dar paso a un bello arcoíris. La huerta del abuelo es un reducto de prodigios, un jardín de fabulosos secretos y una fortaleza inexpugnable. Cuando él ingresa a este onírico lugar que son sus dominios, nadie entra y nadie sale.
-Ahora sabrás cómo se hace un trompo-, dice decidido mi abuelo. Me observa con detenimiento y puede notar la emoción vívida en mis ojos. Yo, que solo doy brincos de excitación, grito y grito:
- ¡No puedo esperar más abuelito, quiero ver cómo haces un trompo!-.
Usa un tronco seco de asiento e inclina su figura sobre otro tronco, menos seco éste, para apoyar el golpeteo continuo de los cortes. Y casi como quien le saca punta a un lápiz, va cortando y pelando, lámina por lamina, un extremo de aquel palo hasta hacerlo puntiagudo. Luego de ello, separa limpiamente el extremo trabajado que ahora se ve como un pequeño cono. El viejo avanza su labor y no deja de silbar. Y yo, que ya tengo la imaginación desbordada por aquel maravilloso objeto, no puedo esperar para hacerlo girar y bailar, en el ramadón, en la calle, el pedregoso patio de la escuela. Extrae ahora su navaja de siempre dejando el machete a un costado. Le hace pequeños detalles al trompo, lo pule, lo deja exacto en sus contornos y dimensiones. Recoge un clavo de exacto espesor y lo asienta contra una roca. De un certero golpe con el lomo del machete, deja un surco en el metal para luego romperlo manualmente. Con unos cuantos martillazos apuntala el trozo de clavo, duro y seguro. Afila la punta sobre una piedra casi recreando chispas, levanta el trompo al aire, como quien ofrece un sacrifico al sol y dice:
- Ahí tienes, un trompo nuevo hijo. Busquemos ahora un cordel para hacerlo bailar-.
-Baila mi trompo, gira mi trompo sin cesar. Vuela por los aires y agita su fina cola. Danza con la musical algarabía de los niños, que juegan la picushqueada sin que lo impidan la lluvia o la hojarasca estival. Invento un acto, un sorprendente malabar, de hacer bailar el trompo sobre mi mano, sin parar, una y otra vez-.
Cae la tarde. Nos aturde el canto de las chicharras y todavía hacemos bailar nuestros trompos en un círculo dibujado en esta calle de nuestro barrio. Mi abuelo se sienta al costado del portón, por ratos dormita pero no me pierde de vista de ningún modo. Disimula algunas tristezas, chupa una naranja para darle sabor agridulce a su tarde. No obstante me anima a seguir en el juego y en el disfrute puro de la vida, mientras observa sereno y reconfortado, mi luminosa felicidad.
Colofón
Una opaca fotografía mal escaneada en el monitor propone la nostalgia con la que rehago en mi memoria los maravillosos días de una infancia imposibles de olvidar, los amigos del barrio, los juegos inventados, los juguetes simples e improvisados, las ale-grías y penas de esos días. 30 años después y antes de abordar un avión para irnos de vacaciones a mi querida tierra, mi hijo me pregunta si podemos llevar sus juguetes electrónicos, la tablet y la consola de videojuegos. Yo le insisto que no es necesario cargar con ellos. A duras penas lo convenzo de mis improbables habilidades para ha-cerle a él los juguetes que me hizo mi abuelo. Le digo que haremos extensas camina-das por las pampas, muy cerca de río, y que luego pescaremos bagres y mojaras en alguna rivera sosegada. Le muestro con gestos exagerados la dimensión de los barran-cos y el color del cielo después de la lluvia. Le digo sobre el verdor de las plantas, la pureza del aire y del agua, la generosidad y alegría de la gente. Entre tantas cosas le prometo que nunca se arrepentirá de conocer la tierra maravillosa de sus bisabuelos y el legado especial que nos dejaron. Poca idea tengo de cómo comenzaré la elaboración de aquellos artefactos, si mi memoria permanece desordenada con tantas inquietudes y emociones. Confiaré en que mis manos sean dignas y sepan cumplir con diligencia y, con suerte, mi hijo también aprenderá a hacer las mismas maravillas y vivirá la genuina experiencia de un niño jugando con la misma naturaleza.

SONETO PARA MI PUEBLO

A Quilloallpa crece como un árbol frondoso mi pueblo a la orilla de un vasto río imaginario crecen en un tiempo hosco y solita...